miércoles, 20 de febrero de 2013

EL BUEN SAMARITANO


 



EL BUEN SAMARITANO


París, enero del 1885. Cementerio de Montmartre.

Ha caído la noche, la luna llena y su tenue luz nos brindan la posibilidad de entrever las variadas construcciones funerarias que nos rodean, algunas son sencillas lápidas de mármol que caen sobre las tumbas, otras suntuosos panteones de las clases pudientes de la ciudad, siempre en este caso adornados con esculturas angelicales o virginales que con los brazos abiertos y la mirada perdida hacia el cielo nos invitan a refugiarnos en su regazo, para así poder consolarnos por el ser querido desaparecido.      Otras simplemente son cruces de piedra o madera que señalan una tumba excavada en la tierra del camposanto, pero todas ellas van grabadas con el nombre de sus propietarios. Aunque no siempre estos datos identificativos son visibles, debido a que muchas de las tumbas están recubiertas de un verde, húmedo y esponjoso musgo, fruto de la intensa humedad que domina el ambiente y que se va apoderando de cualquier  superficie sin prisa pero sin pausa.
Las abundantes lluvias parisinas provocan el deterioro implacable de las sepulturas, sean de la clase que sean, luciendo varios regueros negruzcos en su superficie. Son las marcas del paso del tiempo y aunque parece que en los cementerios el tiempo se detiene, este deterioro nos recuerda que no es así. Ya son sesenta años los que han pasado desde que se inaugurara el Cementerio de Montmartre, concretamente el 1 de enero de 1825 y con el paso de estas seis décadas han tomado importancia en el paisaje los arces que ahora en pleno invierno lucen sin hojas, desnudos, y con un esquelético aspecto, sirviendo de apoyo a los cuervos que aferrados a sus ramas son los únicos habitantes vivos del lugar.


Hace mucho frío, pero con la humedad la sensación térmica se intensifica notablemente, aunque esto a los que aquí descansan les importe bien poco, no le sucede lo mismo a la joven Lucile Goupil, el intenso frío la ha despertado. Mademoiselle Goupil no puede moverse, su movilidad se ha visto drásticamente reducida al haber sido introducida a la fuerza en un nicho pequeño, la construcción funeraria que la retiene es como una caseta de un metro de altura, y a lo ancho tiene el espacio justo para introducir un féretro, está terminada con un tejado a dos vertientes.  Ella está recostada entre el ataúd y la pared, asustada, dolorida y muerta de frío.
Su primera reacción es tocarse la parte baja de la cabeza cerca de la nuca, un intenso dolor la atraviesa y se da cuenta de que tiene una herida, pero no es una herida reciente, la sangre esta seca y su pelo está apelmazado en esa zona por lo que si intenta mover la cabezadota cómo le tira y le duele. Mira a su alrededor intentando encontrar la forma de salir de allí, pero no puede ver nada. Está completamente a oscuras y desorientada, lo único que sabe es que sigue en el Cementerio de Montmartre.
El padre de Lucile, Monsieur Philipe Goupil, un humilde sastre de cincuenta y cinco años ha sido enterrado hace doce horas no muy lejos de dónde ella se encuentra. El entierro ha sido sencillo, pues aunque Monsieur Goupil era afortunado en el amor, contaba con el de su esposa y con el de sus tres hijos, no le sonreía la fortuna en los negocios y su sastrería apenas les daba para comer. Su salud era frágil y su esposa no se sorprendió demasiado cuando hace dos días al despertarse lo encontró sin vida en la cama de matrimonio, a su lado. De sus tres hijos, Lucile era la más pequeña y la única niña, siempre había estado muy unida a su padre, quedarse sin él a los dieciséis años había resultado un golpe durísimo, difícil de encajar para ella.

Las lágrimas se agolpan en sus ojos y un nudo en la garganta le impide gritar, sigue intentando moverse. El vestido que lleva no la ayuda demasiado en conseguir su objetivo. Lucile va vestida toda de negro, la parte superior se compone de un corsé de escote cuadrado, adornado con una fina puntilla que también asoma al final de las mangas en las muñecas y la falda es larga hasta los pies. Nota que algo le roza los pies y empieza a moverlos frenéticamente cuando descubre por los chillidos que emite el animal que es una rata la que juega a intentar colarse en el interior de su falda. Con una certera patada consigue librarse de ella, pero su miedo no cesa, se incrementa a cada frío minuto que pasa en el interior de la tumba, tiene que mantener la calma y recordar cómo ha llegado allí.


                                               ***



Sus pensamientos viajan al preciso momento en el que estaba despidiendo para siempre a su padre. La familia Goupil al completo, vestida de riguroso luto, reunida alrededor del ataúd de pino y escuchando al padre Vincent recitar el Salmo del buen pastor y pedirle a Dios que reciba en su reino el alma del buen Philipe Goupil.
No es difícil darse cuenta de que Lucile es la más afectada, o tal vez es la que más exterioriza su dolor, no puede contener el llanto y sus dos hermanos la sostienen delicadamente para que no se desmaye en el duro momento de inhumar los restos mortales del patriarca. Será enterrado en la zona más humilde del cementerio, aquí no hay panteones ni sepulturas de mármol, aquí sólo está la tierra húmeda. Pueden verse varios hoyos profundos excavados uno al lado del otro formando una hilera ordenada de futuras tumbas. Una sencilla cruz de piedra con el nombre de Phillipe Goupil señalará dónde reposarán sus restos mortales para la eternidad, su familia ha optado por gastar los escasos ahorros que tenía en esta cruz de piedra tallada. La otra opción mucho más barata era poner una cruz de madera, pero con las intensas humedades y el efecto del sol lo más probable es que acabara desintegrándose con el paso de los años.
Una fina llovizna empieza a caer cuando todo ha terminado, esto provoca que la mayoría de asistentes al sepelio opten por marcharse con más premura de la esperada, la viuda se adelanta recibiendo muestras de condolencia y los más sentidos pésames.          

Lucile se ha quedado de rodillas, llorando con la cabeza entre las manos, sin importarle la lluvia, el frío o el barro que le está ensuciando todo el vestido, sólo puede pensar en el desamparo y desconsuelo que la invaden, pero una mano se posa con cariño en su hombro y unas amables palabras la consuelan.

_  Mí más sentido pésame Mademoiselle Goupil.
_Muchas gracias Monsieur Dupont.- responde ella mientras se pone de pie e intenta recomponerse.
_ Perdóneme, la he visto aquí tan afligida que no he podido evitar acercarme para intentar ofrecerle un poco de consuelo.-
_ No se preocupe Monsieur Dupont, saldremos adelante. No le niego que será difícil, para mi muy difícil la verdad.-le responde entre sollozos de nuevo.-
_ No llore más Mademoiselle Goupil, verla sufrir así me apena profundamente. Cuando he escuchado sus gritos pidiendo que no la separaran del ataúd de su padre… Me ha conmovido Lucile.-
_Si, bueno…tengo que hacerme a la idea de que mi padre me ha dejado para siempre.- comenta mirando al suelo.-
_ No lo creo. Su padre ahora la está esperando mientras descansa en paz Mademoiselle.-
_ Si, supongo que así es. Cuando llegue mi hora me reencontraré con él.-
_ Por supuesto, no lo dude. Acompáñeme por favor, la lluvia no cesa y no podría perdonarme el dejarla aquí sola y mojada ante la tumba de su padre.-
_Muchas gracias. Me he entretenido demasiado tiempo llorando y rezando, ¿sabe usted dónde están los demás?- pregunta preocupada.-
_ Si Mademoiselle, han cogido este camino para cruzar más rápidamente hasta la salida, no andarán lejos, si me sigue los encontraremos enseguida.-
_Muchas gracias de nuevo y perdone las molestias Monsieur Dupont.-
_No es molestia ninguna, por aquí por favor.- le responde mientras le indica con la mano el camino a seguir.

Monsieur Gustave Dupont a sus sesenta años tiene el pelo totalmente gris, aunque no se aprecia fácilmente por culpa del sombrero negro de ala ancha que siempre lleva. Sus rasgos son duros, y su piel está curtida por el sol o por el viento frío que soporta todos los días del año, sus ojos son pequeños y muy azules, su nariz aguileña y su sonrisa muestra una dentadura grande y descuidada. Es alto y delgado, va vestido con una larga y sucia levita negra, debajo de ella asoma un chaleco negro a juego, de cuyo bolsillo pende una cadenita plateada que pertenece a un reloj que guarda con gran estima, finalmente, unos pantalones negros rematan el atuendo.

Van sorteando tumbas, caminando a paso ligero mientras los ángeles y las vírgenes esculpidas los observan, varios cuervos graznan a su paso y empieza a caer la noche, pero la indumentaria de Lucile provoca que le resulte un tanto complicado pasar entre algunos sepulcros construidos más juntos y al haberse mojado y ensuciado de barro la falda pesa más de lo habitual.

_ ¿Que vida más injusta verdad?- pregunta Monsieur Dupont para romper el incómodo silencio que se estaba creando.- Nos aparta de los seres más queridos, dejando en nosotros unos vacío tan profundo que sólo podemos llenar con lágrimas de amargura.-
_ Si, mi padre para mi lo era todo, no sé si podré vivir sin él.- contesta Lucile tristemente.-
_ Que tristes palabras Mademoiselle y que ciertas a la vez. Ya llegamos a la salida, por aquí por favor.- le indica amablemente.-

Lucile se adelanta, han llegado a una parte mucho más cuidada que la zona dónde acaban de enterrar a su padre. Hay panteones de diversos tamaños y formas, aunque predominan claramente las construcciones de tamaño más reducido. También hay algunas con capacidad para tres o cuatro ataúdes, estas más grandes siempre van exquisitamente adornadas con flores talladas en mármol o palomas alzando el vuelo y algunas rematadas con esculturas de la gente que allí reposa en paz.

A Lucile le llama la atención una escultura en mármol blanco de una niña a la que han representado con unas alas de ángel, es preciosa, delicadamente esculpida y con unos detalles exquisitos. Se acerca para admirarla de cerca y en ese momento de distracción recibe un fuerte golpe en la cabeza cerca de la nuca, se desploma al suelo y sus ojos se cierran al perder el conocimiento, dejando en su retina la imagen de la niña alada de mármol.


Monsieur Dupont sostiene en su mano un trozo de piedra que se ha desprendido de una tumba, hay sangre en el canto de la piedra, sangre de Lucile. Ha parado de llover, pero el suelo es un barrizal, aún así, arrastra por el suelo a la pobre Lucile, la suelta solamente para abrir la puerta del pequeño sepulcro de la niña con alas de ángel. Tiene que agacharse pues el tamaño de la caseta mortuoria no es demasiado grande, se ve dentro el ataúd blanco y pequeño. En primer lugar, coloca la cabeza de Lucile en la entrada y apunta hacia el hueco que queda entre el ataúd y la pared, entonces la agarra por los pies y empuja para introducirla acostada de lado en el recoveco, sabe que no va a poder moverse si despierta.
Antes de cerrar de nuevo el sepulcro introduce en él la piedra ensangrentada y desaparece caminando tranquilamente. Al momento se encuentra con los hermanos de Lucile.

_Monsieur Dupont por favor ¿ha visto a nuestra hermana?- le preguntan intranquilos Gerard y Baptiste Goutil.-
_Si, hace un momento que se ha marchado, le costaba abandonar la tumba de vuestro padre.- contesta calmado Monsieur Dupont.
_ Muchas gracias. Suponemos que no tardará en llegar a casa entonces.- apunta Gerard Goutil.-
_ Con tantas callejuelas y caminos que tiene este lugar no sería raro que nos hubiésemos cruzado y ni siquiera nos hubiésemos visto.- remarca Baptiste Goutil.-
_ Desde luego, no es difícil perderse en este laberinto.- les señala Monsieur Dupont.

Gerard y Baptiste Goutil se alejan tranquilos con el convencimiento de que su hermana pequeña Lucile debe estar a punto de llegar a casa con su madre. Emprenden su camino a la salida y al pasar también se fijan en la preciosa niña de mármol con alas de ángel, la observan un momento y desaparecen entre las tumbas.

                                        


  ***



Lucile lo recuerda todo; el entierro de su padre, su paseo con Monsieur Dupont, el golpe seco… pero sigue en la más absoluta oscuridad, le continua doliendo el golpe en la cabeza, el frío es insoportable y no encuentra forma alguna de escapar, respira con dificultad porque le molestan muchísimo el polvo y las telarañas que le acarician el rostro, intenta no inhalar demasiado fuerte para evitar tragárselo todo, pero es inútil y acaba escupiendo asqueada. Tiene el hombro derecho entumecido, debe llevar varias horas recostada de lado, no le extraña la posición, no cabe de otra forma. Piensa que la locura esta empezando a invadirla, oye  voces fuera, oye cómo la llaman por su nombre.

_ ¿Mademoiselle Lucile, me oye?- le pregunta Monsieur Dupont mientras da tres golpecitos en la puerta de acceso al sepulcro.-

Lucile se tensa instintivamente al escuchar la voz de su agresor, no entiende absolutamente nada de lo que está sucediendo, pero decide que debe ser astuta y no contestar. Debe fingir que aún sigue inconsciente, de ese modo si él decide abrir la puerta y sacarla, cuando este fuera tendrá alguna posibilidad de escapar. La puerta se abre y una bocanada de aire frío invade el reducido habitáculo. Siente cómo la agarra con fuerza por los tobillos y empuja para sacarla, son necesarios al menos tres empujones para que su cuerpo salga enteramente al exterior, ahora esta tumbada boca arriba fingiendo no haber recobrado la conciencia.

_ Mademoiselle Lucile, despierte, ¿se encuentra bien?- le pregunta Monsieur Dupont mientras le da unos suaves golpecitos en las mejillas.- Despierte, sus hermanos han venido a buscarla.-

No puede evitarlo, al oír la última frase abre los ojos y se delata. Ante ella se encuentra Monsieur Dupont, mirándola extrañado. Intenta acercarse a Lucile para levantarla con cuidado, pero cuando lo intenta ella recula en el suelo y se arrastra torpemente para escapar de él.

_ Mademoiselle Lucile, no tenga miedo, no voy a hacerle ningún daño, por favor deje de arrastrarse por el suelo.- le dice intentando apaciguarla sin demasiado éxito.-
_ ¡Usted me ha golpeado y me ha encerrado en una tumba!- exclama Lucile con rabia.- ¿Y dice que no va a hacerme daño, cómo espera que le crea?- pregunta ella con absoluto desprecio.-
_ No Mademoiselle, yo no la he golpeado. Usted estaba desolada y muy triste por haber enterrado a su padre ¿Lo recuerda? Y se ha desmayado con la mala fortuna de que al caer se ha golpeado en la cabeza con una piedra.- le explica intentando calmarla.-
_Y si eso es así, ¿Quién me ha metido en una tumba?- el tono de su pregunta revela que está valorando la posibilidad de que la historia de Monsieur Dupont sea cierta.-
_ No lo sé Mademoiselle yo al verla con sangre en la cabeza me he asustado mucho y me he marchado rápidamente para buscar ayuda.- contesta él mostrando cierta dosis de culpabilidad por haberla dejado sola.-
_ ¿Dónde están mis hermanos?- pregunta Lucile mirando a derecha y a izquierda nerviosa sin verlos.-
_ Están buscándola cerca de la tumba de su padre.- contesta señalando la dirección.
_ ¿Y si no me ha metido usted aquí, cómo me ha encontrado?- pregunta cautelosa Lucile.-
­­_ Llevamos ya un rato buscándola y me ha parecido oír golpes aquí dentro, por eso he abierto el nicho y he echado un vistazo. Cual ha sido mi sorpresa al encontrarla inconsciente en el interior.- contesta en un tono franco.-


Lucile no acaba de creerse la historia que le ha contado Monsieur Dupont, pero si resulta ser cierta todo va a terminar en un momento, se reunirá con sus hermanos y ellos averiguarán lo que ha sucedido.
Ella ya ha emprendido el camino hacia la tumba de su padre, Monsieur Dupont la sigue a una distancia prudencial, por lo visto no quiere acercarse mucho e incomodarla, esto es buena señal piensa ella. Pero conforme Lucile se acerca a la tumba de su padre Monsieur Dupont acorta distancias con ella, los dos están nerviosos, la tensión se palpa en el ambiente y ambos saben que esta falsa apariencia de normalidad va a desaparecer de un momento a otro.

Puede vislumbrarse al final del camino que recorren la zona más humilde del cementerio. Es una zona despejada si la comparamos con el resto del camposanto, aquí no hay sepulturas de mármol, ni ostentosos panteones con estatuas que los adornen, simplemente algunos arces y cruces de piedra o madera que señalan las tumbas. No han llegado aún, pero Lucile ya ha visto y reconocido a lo lejos la cruz que marca la tumba de su padre y se acerca a ella como alma que lleva el diablo, ni siquiera mira atrás para comprobar la distancia que la separa de Monsieur Dupont. 

         Cuando llega a la altura exacta de la tumba el alma le cae a los pies, el hoyo no ha sido rellenado con tierra y al fondo observa horrorizada el ataúd abierto con su padre reposando en su interior, con las manos cruzadas a la altura del vientre y vestido con el mejor traje negro de tres piezas que tenía. Su aspecto es sereno, aunque el tono de su piel es grisáceo y con una textura similar a la cera, verlo así le provoca un escalofrío que la recorre de arriba abajo, y un nudo en la boca del estómago la alerta de que exactamente detrás de ella se encuentra Monsieur Dupont en absoluto silencio. Puede sentir en su dolorida nuca el cálido aliento que exhala al respirar intensamente tan cerca de ella.

_ Oh Mademoiselle Lucile, aquí tiene a su querido padre. Le he destapado para usted, para que pueda verlo por última vez.- le susurra desde la retaguardia Monsieur Dupont.-
_ ¿No me había dicho que mis hermanos me estaban buscando aquí?- le pregunta ella intentando mostrar entereza.-
_ Ah si, tiene usted razón, la estaban buscando pero hace unas diez u once horas, olvide mencionarle este detalle, lo siento.- su voz es fría, distante, muy diferente al tono que había utilizado con ella hasta el momento.-
_ ¿Por qué me está haciendo usted esto, por qué me ha golpeado?- le pregunta angustiada.-
_ Sólo quiero ayudarla, ¿no se da cuenta? Gracias a mi está viendo de nuevo a su padre, debería agradecérmelo Mademoiselle.- su tono es de sincera indignación.-
_ Usted esta loco, completamente loco. Hubiera podido matarme con el golpe que me ha dado, ¿no se da cuenta? Y además, por el amor de Dios, deje descansar en paz a mi padre por favor se lo ruego.- le contesta ella mientras las lágrimas empiezan a resbalarse por sus mejillas.-
_ Nada más lejos de mi intención el molestar a su padre en su descanso eterno, Dios me libre. Mi único propósito es prestarle a usted la ayuda que imploraba abrazada al féretro de su padre, mientras gritaba que no la abandonara.
_ Yo no necesito su enfermiza ayuda, ¡apártese y déjeme!- le grita Lucile mientras intenta en vano alejarse de él.-
_ Sé que no lo entiende, pero aún así voy a ayudarla Mademoiselle Lucile, ya no tendrá que sufrir cada día, a cada hora, por la pérdida de su padre. No llorará más, no sufrirá más. Yo voy a reunirla con él, por favor hágame caso, mírelo y escúchelo, tal vez si él se lo dice me creerá. Está llamándola por su nombre, ¿no lo oye?- le dice mientras la sujeta y la zarandea con fuerza.

Lucile intenta desesperadamente soltarse, pero todos sus esfuerzos son inútiles, está cansada y débil, exhausta. No tiene fuerzas ni para gritar en condiciones, aunque si lo hiciera nadie la oiría, darse cuenta de ello la desanima. De un empujón Monsieur Dupont la tira al suelo y se sienta a horcajadas sobre ella, Lucile se resiste y se retuerce por debajo, pero él no parece molestarse por nada que suceda a su alrededor, está tranquilo y concentrado. Saca de su bolsillo una fina tira trenzada de cuero marrón, la tensa en el aire con un rápido estirón, se la pasa hábilmente por el cuello a Lucile y aprieta para estrangularla.
Los ojos de ella están exageradamente abiertos, su expresión es la del miedo, abre la boca de forma desmesurada. La tira trenzada de cuero se le clava en el cuello hasta el punto de provocarle heridas y ella mueve sus dedos alrededor de la trenza intentando aflojar la presión que le provoca, pero la asfixia vence y Lucile muere.

_ En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.- recita Monsieur Dupont mientras se persigna.- Señor reúne a esta devota hija con su padre. Amén,- pronuncia estas palabras mientras dibuja con su dedo pulgar una cruz en la frente de Lucile.

Con sumo cuidado retira la trenza de cuero marrón que luce ella alrededor del cuello y queda dibujado el trenzado de la tira en su piel, como si llevara una gargantilla violácea muy ajustada. Cuando Monsieur Dupont se levanta, observa impasible el cuerpo sin vida de Lucile rodeado de barro, yace muerta a sus pies y si dirige su mirada hacia la izquierda puede ver el cuerpo de Monsieur Philipe Goupil, único testigo de lo que acaba de suceder.

La luz diurna empieza a iluminar el cementerio, Monsieur Dupont arrastra el cadáver de Lucile hasta el borde de la tumba de su padre, y una vez colocado en el borde con un empujón lo introduce dentro de la fosa, el cuerpo se precipita al fondo y queda tirado al lado del ataúd abierto. Sin entretenerse coge una escalerilla de cuerda, la desenreda y clava en el suelo los dos ganchos de hierro que hay en el extremo. Se asegura de que los ha colocado debidamente y baja por la escalerilla hasta el fondo del hoyo excavado como tumba. Coloca el cadáver de Lucile dentro del ataúd, y la acomoda al lado de su padre, cómo el ataúd no es lo suficientemente grande para albergar dos cuerpos y Monsieur Goupil ya tiene la rigidez propia que proporciona el rigor mortis, es Lucile la que tiene que acoplarse. Acaba recostada del lado derecho con el brazo y la pierna izquierdos sobre el cadáver de su padre. Monsieur Dupont sonríe al pensar que estarán abrazados para la eternidad y oye en su cabeza cómo padre e hija le dan las gracias, con la sonrisa aún en su rostro tapa el ataúd. Sube ágil por la escalerilla y la recoge desde arriba, la deja echa un rollo a su lado y con la pala empieza a depositar la tierra que tiene preparada en un montón para tapar el agujero. La tarea es agotadora, al principio no lo parece, pero cuando ya has perdido la cuenta de las veces que has hundido la pala en la tierra para echarla en el hoyo y aún no has cubierto ni la mitad del volumen la perspectiva cambia.
Cuando termina con sus pies aplasta la tierra para que adquiera cierta consistencia y repite el proceso por toda la superficie, de repente es interrumpido.

_ Buenos días Gustave, ¿Qué está haciendo aquí tan pronto?- pregunta el padre Vincent que aparece por sorpresa.
_Buenos días Padre Vincent, pues terminando con la tumba de Monsieur Philipe Goupil.- le contesta con la pala en la mano.-
_Muy bien, muy bien, eres un hombre realmente trabajador, tenemos mucha suerte de tener un enterrador como tú.- dice el padre Vincent con tono de satisfacción.-
_Oh muchas gracias, lo hago lo mejor que puedo. Siempre con respeto a los difuntos y como hombre de Dios.-responde mientras se santigua.-

Monsieur Gustave Dupont vuelve a quedarse solo en su cementerio, en el lugar dónde trabaja como enterrador, con sus pensamientos y sus terribles secretos rellenándolo por dentro. Los primeros visitantes empiezan a llegar al cementerio, algunos vienen con flores para depositar en las tumbas de sus seres queridos, otros simplemente vienen a pasear y a enterarse de los nuevos huéspedes que han sido alojados recientemente. Algunos se cruzan con Monsieur Gustave Dupont y le saludan amablemente, él les devuelve el saludo cogiendo el ala de su sombrero y bajándola levemente, intentando esconder de ese modo su mirada y los secretos que pueden escaparse a través de ella.

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