jueves, 14 de febrero de 2013

UN RELATO DE AMOR PARA SAN VALENTÍN




                                              

“MI ELENA”




No puedo dejar de mirarla. Mi ángulo de visión no es demasiado amplio ni tampoco cómodo, pero si me fuerzo y estiro el cuello al límite alcanzo a verla sentada en el banco de madera de la sala contigua, puedo hacerlo porque se han dejado la puerta entreabierta. No va arreglada, lleva el pelo recogido en una coleta baja y se ha puesto el chándal rosa que le regalé las pasadas Navidades, además el maquillaje brilla por su ausencia. Siempre le he repetido que su belleza es natural y no necesita de artificios. Soy un hombre realmente afortunado de tener como esposa una mujer como ella, mi Elena, mi hermosa y dulce Elena. Desde el primer momento que la vi supe que sería la mujer de mi vida, la madre de mis hijos y que por ella estaría dispuesto a cometer las más grandes locuras.
            Vuelvo a estirarme en mi banqueta y veo cómo un hombre joven se le acerca. Es un total desconocido para mí, pero observo sorprendido cómo ellos empiezan a conversar animadamente, por desgracia no alcanzo a escuchar nada de lo que están diciendo. El hombre va bien vestido con un traje de chaqueta y la corbata perfectamente anudada. Lleva el pelo engominado y varios papeles en la mano que está enseñándole a ella.

- ¿Pero que clase de confianzas son esas? – pienso, cuando veo que se sienta a su lado y posa su sucia mano sobre el hombro de Elena.

            Ella responde a ese gesto con una tímida sonrisa y siguen hablando centrados en los papeles. Ver la sonrisa de Elena dirigida a otro hombre me ha encendido la sangre. Noto cómo una punzada de dolor me traspasa el estomago y revuelve mis entrañas, una sensación de terrible calor me posee y se extiende por mi cuello hasta que explota en mi cabeza y un enorme peso en el pecho me aprieta hasta el extremo de sentir que respiro pero mis pulmones no se llenan de aire. Ella no sabe que la estoy observando, que estoy vigilando sus movimientos y eso es lo que me encuentro, un coqueteo descarado.

-          ¡Oiga, haga el favor de no moverse!- me increpa uno de los dos policías nacionales que tengo sentados a cada lado.
-          Sólo estoy estirando un poco los músculos y cambiando de postura agente. ¿O es delito moverse? -
-          No se haga el gracioso y haga lo que le digo por favor –


Realmente no tengo ninguna ganas de discutir con estos dos pastores alemanes, seguro que están aquí tan amargados como yo, esperando impacientes que se acabe su turno de una vez. Intento volver a tener contacto visual con mi Elena pero algún imbécil ha cerrado la puerta y ahora por mucho que me estire no veo nada. Por mi cabeza empiezan a pasearse una serie de ideas que me revuelven las tripas, todos los fotogramas que se generan son de Elena besándose apasionadamente con el hombre del pelo engominado. Decido cerrar los ojos con fuerza y pensar en algo bonito, lo único que acude a mi rescate es la imagen de nuestro único hijo Noel. Tiene seis años y a estas horas debe estar en el colegio, es un niño muy guapo y muy inteligente.
                                                                                      
─ Hola buenos días, ¿es usted Diego Albentosa? ─  Me pregunta una mujer rubia de unos cincuenta años.
─ Sí soy yo.
─ Perfecto. Me llamo Magnolia Hernández y soy su abogada del turno de oficio ─ Cuénteme lo que ha ocurrido y por favor sintetice, no tenemos demasiado tiempo antes de que le hagan pasar a declarar ante el juez.

En verdad no sé que espera esta mujer que le cuente, no ha pasado absolutamente nada. Aún estoy alucinando de que por una simple discusión doméstica me encuentre esposado y a punto de ser interrogado como presunto maltratador.

─ Señora no ha ocurrido nada. Anoche tuvimos una discusión, pero vamos nada del otro mundo.
─ Vamos a ver Señor Albentosa no es eso lo que ha contado su mujer ante el Juez. Según su declaración usted ayer la agredió física y verbalmente causándole una serie de lesiones que han sido acreditadas con el correspondiente parte médico ─ me dice mientras rebusca en su carpeta los mencionados partes.
─ No es cierto. Simplemente discutimos cómo otras muchas veces, pero yo no la he tocado.
─ Por sus respuestas intuyo que no va a querer conformarse y reconocer los hechos ¿verdad? ─
─ Supone bien. De ninguna manera voy a admitir algo que no he hecho.
─ ¿Sabe que la pena se reduciría en un tercio si se conformara con la acusación? ─
─ Sí, lo sé y le repito que no.
─ Está bien. Voy a informar de que no existe conformidad y pasaremos a tomarle declaración a usted.

La veo alejarse con cierto aire de desgana, no le ha gustado que me mantenga en mis trece. ¿Pero que espera, que me confiese culpable de un acto tan atroz como este y le de las gracias por conseguirme una rebaja en la pena tan ridícula? Ni en sus mejores sueños de mediocre pica-pleitos. Aunque hasta ahora me había mantenido bastante tranquilo sus palabras me han inquietado, según parece mi Elena no ha contado la verdad. Todo lo contrario, ha contado una serie de barbaridades que me pueden buscar la ruina. Recuerdo perfectamente cómo estábamos cenando y empezamos a discutir por lo de siempre, su manía de querer fastidiarme. Sabe que no me gustan los coqueteos, pero ella coquetea con cualquiera que se le ponga por delante, prueba de ello es lo que acabo de ver en la sala contigua con el hombre del pelo engominado.
Simplemente estuvimos hablando del tema, sin ir más allá, a ella se le cayó la sopa por el suelo y resbaló, punto y final. Después se marchó con Noel a casa de su hermana y estoy seguro de que la arpía de Natalia la obligaría a ir a urgencias para que desde allí llamaran a la policía y vinieran a detenerme a mí por algo que no he hecho. A mi cuñada no le he caído bien desde el principio, siempre ha estado llenándole la cabeza de pajaritos a Elena y tratando de que me abandonara como a un perro. ¿Qué clase de zorra haría eso? Pues la clase de zorra que es Natalia, ni más ni menos.

            ─ Diego Albentosa Esteve pase a declarar ─ me indica un funcionario mientras con un gesto me señala la silla en la que debo sentarme.

            La sala a la que hemos entrado es pequeña y está iluminada con una molesta luz blanca. A nuestro alrededor sólo tenemos montones de expedientes apilados, los hay por el suelo y hasta encima de las sillas. Los agentes de policía retiran el montón que reposaba en mi asiento y me invitan a sentarme, ellos se colocan bien erguidos uno a cada lado, flanqueándome. El funcionario que me ha llamado ocupa la silla de enfrente y sólo se preocupa del ordenador, seguramente será tarea suya el transcribir todo lo que allí se diga. En la habitación hay dos personas más a parte de mi abogada, una chica jovencita que me mira con sumo detenimiento y otro hombre más mayor que está chateando con su teléfono móvil.

            ─ ¿Señora letrada su defendido va a declarar? ─ le pregunta la chica jovencita.
            ─ Sí Señoría ─ le contesta mi abogada con evidente sumisión.
            ─ ¿Estamos todos? ─ pregunta la Juez.
            ─ No. Falta el abogado de la víctima ─ contesta rápidamente mi abogada.

            En ese mismo momento entra en la sala el hombre del pelo engominado. Así que el hombre misterioso ha resultado ser el abogado de mi Elena. Entra acelerado y pide disculpas a Su Señoría, se queda de pie a mi lado y no puedo evitar lanzarle una mirada de profundo desprecio que me sale del alma.

            ─ Señor Diego Albentosa, ¿sabe usted porque está aquí? ─  me pregunta la Juez.
            ─ Sé de lo que me acusan, pero no es cierto en absoluto.
            ─ Entonces no es cierto que usted anoche agrediera a su esposa en presencia de su hijo menor de seis años y le causara lesiones de diversa gravedad.
            ─ No, eso es falso.
            ─ ¿Entonces que ocurrió?
            ─ No ocurrió nada. Sólo discutimos un poco.
            ─ ¿Entonces los cinco puntos que le han puesto a su mujer en la cabeza y los diversos moratones que presenta por todo el cuerpo se los ha hecho ella misma?  ¿Tampoco insultó a su mujer llamándola “puta de mierda, basura o sucia zorra”? ─
            ─ No.
            Entonces usted niega todos los hechos. ¿Por qué cree entonces que su mujer le acusa a usted? ─
            ─ No lo sé. Supongo que es el plan de su hermana para quitarme de encima ─ contesto mientras resoplo levemente.
            ─ Ya veo, es todo un complot contra usted entonces. ¿Seños Fiscal alguna pregunta?
            ─ No Señoría ─ contesta el hombre mayor que ha dejado de toquetear el móvil para contestarle ─
            ─ ¿Los letrados alguna pregunta? ─
            ─ No Señoría ─ responden ambos a la vez.

Basta un simple gesto de la Juez para que los dos policías me levanten y me vuelvan a llevar a la banqueta de madera. Vuelvo a intentar estirarme para ver a Elena pero la puerta contigua sigue cerrada y me es imposible. Debe de estar muy preocupada por mí, me gustaría abrazarla y decirle que no se preocupe por nada, que la perdono y sé que todo esto no es culpa suya sino culpa de su maquiavélica hermana. Sin embargo tengo que reprimir mi rabia al ver cómo el hombre del pelo engominado si que puede entrar en la sala contigua para hablar con ella, prefiero no volver a pensar en esa escena de nuevo.

─ Señor Albentosa, va a quedar en libertad provisional sin fianza y van a abrirse Diligencias Previas. Además se dictará una orden de alejamiento a favor de su esposa. Usted no podrá acercarse a menos de 500 metros de dónde se encuentre ella, incluido su domicilio y el lugar de trabajo y tampoco podrá tener contacto o comunicación por ningún medio. ¿Lo ha entendido? ─ Me comunica mi abogada cómo si estuviera recitando una letanía que se sabe de memoria.
─ Sí. ¿Entonces ya me consideran culpable no? ─ le pregunto con cierto tono de amargura en la voz.
─ No. Estas son medidas cautelares que se toman hasta que se celebre el juicio correspondiente ─
─ Bien. Gracias.
─ Tendrá que venir a firmar los días uno y quince de cada mes, no lo olvide. Es otra medida cautelar que Su Señoría le ha impuesto ─

Rebusca entre los papeles que sostiene y me entrega una copia de los mismos para que me la quede de recuerdo. Al fin y al cabo esto sólo son papeles, no tengo ninguna intención de separarme de mi familia, para hacerlo me lo tendría que decir Elena a la cara, directamente y sin intermediarios. Los recoge uno de los policías, a mi me resulta imposible ya que me han esposado con las manos en la espalda limitando de ese modo mis movimientos, después de tanto rato ya empiezan a dolerme los hombros y también las muñecas. De repente la sala contigua se abre y veo salir a Elena seguida por su pedante abogado, no me mira, avanza con la cabeza gacha a paso rápido y los dos policías se han interpuesto entre ellos y yo, frenando cualquier intento por mi parte de acercarme a ella. Me pongo nervioso, quiero decirle que la quiero y que es la mujer de mi vida. Pero las palabras se atragantan en mi garganta, la ira empieza a crecer y a expandirse por mis adentros sin control, cuando veo que de nuevo el hombre con el pelo engominado le pone la mano sobre la espalda y le da unos suaves golpecitos. Agacho la mirada para evitar encenderme más de la cuenta.

Ha llegado el momento de liberarme, con cuidado me abren las esposas y el alivio que siento es reconfortante. Muevo lentamente las muñecas y me las froto vigorosamente para rebajar el escozor. Hago círculos con los hombros para relajar las articulaciones entumecidas, siento que voy recobrando poco a poco mi dignidad. Los policías se levantan y me hacen entrega de un sobre amarillo que contiene mis efectos personales, muy serios se despiden de mi y me dejan libre al fin. Abro el sobre para hacer recuento mis cosas y comprobar que no falta nada, ahí está el paquete de tabaco, mi mechero, mi cartera y  las llaves de mi coche. De pronto mi vista se queda fija en el llavero del Valencia Club de Fútbol, de ese llavero cuelgan las llaves de mi casa. Una gran sonrisa se dibuja en mi rostro, creía que estas llaves se las quedarían confiscadas para evitar que pudiera entrar, pero por lo visto aquí todo es simple rutina, muchos expedientes que tramitar y poco personal o tiempo para hacerlo. Nadie va a preocuparse de que cumpla la orden de alejamiento, supongo que lo dejan bajo mi responsabilidad.

Estoy en la calle, me enciendo un cigarro y me relajo cada vez más mientras lentamente voy dando fuertes caladas y hecho todo el humo por la nariz. Definitivamente es el momento perfecto para pasar un rato en mi bar favorito, pero recuerdo que no va a poder ser ya que se encuentra a menos de quinientos metros de mi casa y estaría incumpliendo la orden de alejamiento a las dos horas de dictarla, un acto no demasiado inteligente por mi parte. Me tendré que conformar con el primer bar decente que encuentre en el que me sirvan un par de copas. No tardo nada en elegir uno y me siento en la barra, estoy solo y extiendo los papeles para echarles un vistazo. Releo la orden de alejamiento y la indignación se apodera de mi, no hay fijada aún fecha para el juicio y puede tardar meses ¿acaso pretenden que me aparte de mi mujer y de mi hijo durante un tiempo indefinido? Eso es imposible, ellos me necesitan y seguramente a estas alturas ya estarán echándome mucho de menos. Mientras apuro el tercer güisqui la idea toma forma en cabeza, tengo que ir a verlos esta misma noche, esperaré a que se duerman para entrar en casa, podré hablar con mi Elena y arreglar las cosas entre nosotros. No tengo ninguna duda de que estará totalmente arrepentida, muy triste, esperando que todo vuelva a la normalidad.


                                                         _ _ _



Todo ha sucedido muy deprisa y ahora estoy sentado en la terraza de mi edificio con las piernas colgando hacia fuera esperando reunir el valor suficiente para saltar al vacío. Aprieto con fuerza el osito de peluche de Noel y no puedo evitar hundir mi cara bañada en lágrimas en el muñeco buscando un consuelo que no llegará para mi, lo que ha ocurrido ha sido horrible. No ha sido culpa mía, de ninguna manera quería que pasara lo que ha sucedido, la culpa ha sido toda de Elena, como siempre.

Hacia las tres de la madrugada llegaba a mi calle que estaba desierta por completo, pensé que era el momento perfecto para poder entrar en casa sin ser visto y arreglar las cosas con mi Elena. Tropecé torpemente con el escalón del portal.

─ ¡Maldito güisqui barato! ─ mascullé entre dientes mientras intentaba centrar la llave en la cerradura.

Subí los escalones con más dificultad de la que esperaba, por lo visto iba algo borracho. Abrí la puerta de casa y mantuve toda mi concentración para no hacer demasiado ruido y despertar a Noel. Aunque el niño tiene el sueño profundo, jamás se ha despertado en plena noche, no creí que esa iba a ser la primera. Tiré la chaqueta en el suelo y me dirigí a la habitación de matrimonio, note cómo el corazón se me aceleraba y se subía desbocado a mi garganta, la adrenalina se disparó en todo mi cuerpo. Abrí la puerta con cuidado y me asusté al no encontrar a Elena en la cama. Estaba en el baño, por lo que tuve que actuar con rapidez y esconderme debajo de la cama para que no me viera y saliera corriendo. Aguardé oculto allí debajo hasta que se acostó y por el tiempo transcurrido calculé que se había vuelto a dormir. Con mucho cuidado repté por el suelo hasta salir de mi escondite y allí estaba mi dulce Elena tan hermosa, durmiendo placidamente. Ignoraba su reacción por lo que tuve que taparle la boca para evitar que un sobresalto estúpido estropeara nuestro encuentro furtivo. Cuando apreté para ahogar su voz, ella se revolvió y abrió los ojos como platos.

─ Mi amor tranquila, soy yo, he venido para hablar contigo ─ le susurré dulcemente al oído.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y rápidamente entendí que estaba llorando de alegría al verme, ella no esperaba que desafiara a la justicia para poder volver a acariciarla de nuevo.

─ Ahora voy a soltarte, no grites Elena, piensa en Noel ─

Muy despacio fui dejando de ejercer presión sobre su boca y la liberé para que pudiera hablar. Sin embargo no dijo nada, se quedó mirándome con una expresión de terror en su rostro y con un movimiento brusco intentó alcanzar el móvil que tenía en la mesilla de noche. Por supuesto que se lo impedí y lancé el móvil contra la pared haciéndolo añicos.

─ ¿Pero que coño estas haciendo? ─ pregunté enfadado ─ ¿Quieres llamar a la policía para que vengan a por mi verdad? ─
─ Diego por favor te lo ruego, vete. No diré que te has saltado la orden de alejamiento, te lo prometo ─ me contestó entre sollozos.
─ Claro y quieres que me lo crea cuando lo primero que has hecho es intentar coger el puto móvil. ¿Te crees que soy estúpido verdad? ─
─ Por favor déjanos. Ya nos has hecho suficiente daño, además, hueles a güisqui barato, estás borracho ─
─ Que curioso, para ti siempre estoy borracho. He venido para arreglar las cosas Elena y tú no lo estás poniendo nada fácil. Sé que no has sido tú la que ha tenido la brillante idea de denunciarme, sé que ha sido Natalia ─
─ Diego ella no tiene nada que ver con esto. Anoche te volviste completamente loco y me hiciste mucho daño ¿Acaso no me ves la cara? ¡Me la has destrozado! ─ me gritó mientras encendía la luz de la lamparilla para que pudiera ver su rostro desfigurado.
─ Estás hermosa Elena, tú eres hermosa. Dime que me quieres y que todo esto tiene arreglo.
─ Esto ya no tiene arreglo Diego, haz el favor de marcharte y no te denunciaré. Pero si vuelves a incumplir la orden de alejamiento te aseguro que no dudaré un segundo en ponerlo en conocimiento de la policía ─
─ ¿Serías capaz de hacerlo? Le pregunté asombrado ─ No te creo. Tú me quieres demasiado para hacerme eso.
─ Lo que voy a hacer es marcharme de esta casa y a empezar de cero con nuestro hijo. He sido una ingenua al pensar que ibas a cumplir la orden judicial, no debería haber venido a casa tan pronto. Ahora vete, no tengo ganas de hablar más contigo, estoy cansada y dolorida ─
─ ¿Qué no tienes más ganas de hablar conmigo maldita puta? ¿Me estoy jugando el cuello por venir a verte y así me lo pagas? ─
─ Diego por favor márchate y no grites que vas a despertar a Noel por el amor de Dios ─ me contestó mientras empezaba a temblar levemente.
─ Yo no me voy a ningún sitio perra desagradecida, esta es mi casa ─

Empecé a manosearla y a tocarla mientras un creciente sentimiento de deseo crecía en mi entrepierna y me embriagaba más que el alcohol si cabe. Me subí a la cama y le rompí el camisón, iba a poseerla en ese mismo momento, no me importó que ella estuviera llorando. Cuando terminé me sentía feliz y relajado, yo solo quería a mi mujer, a mi dulce Elena.

─ ¿A que ahora lo ves todo desde otra perspectiva? ─ le pregunté esperando que se abalanzara a mis brazos y me cubriera de besos implorando perdón por sus errores.

Pero no obtuve respuesta, se quedó con la mirada perdida. Aprovechó el instante en el que me estaba abrochando los pantalones para saltar de la cama en dirección a la puerta, quería escapar. Salté la cama por encima y la cogí del pelo, de un tirón la volví a tirar en la cama y tuve que darle dos bofetadas para que recuperara la compostura.

─ ¿Se puede saber a dónde crees que vas? ¿No te parece que estás actuando cómo una loca? ─
─ Por favor te lo suplico, déjame en paz, no me pegues más ─
─ Elena no te das cuenta de que siempre me obligas tú, si te comportaras de otro modo todo sería más fácil. Por ejemplo hoy en el juzgado ¿que confianzas son esas con tu puto abogado? ─
─ No empieces por favor…te lo ruego Diego ─
─ No me has contestado. Os he visto y tú parecías una vulgar zorra coqueteando con él. ¿Te gustaría que fuera él el que te follara verdad? ─

En ese instante empecé a notar cómo la ira se apoderaba de mi cuerpo y de mi mente, una tremenda furia que no podía contener crecía exponencialmente hasta que me ahogaba en ella. La misma sensación de opresión en el pecho, el calor sofocante y las terribles imágenes que se agolpaban en mi cabeza. En cuestión de segundos veía claramente dentro de mi cabeza cómo fornicaban en todas las posturas posibles, y ambos se reían a carcajadas al acordarse de mí, esas burlas eran insoportables. No sé cómo ocurrió, tampoco me di cuenta en el mismo instante, estaba demasiado ocupado luchando para alejar de mi mente los terribles fotogramas de la infidelidad de Elena. Pero durante la proyección mental de estas imágenes estuve apretando con fuerza el cuello de mi Elena, con tanta fuerza y tanta rabia que acabé asfixiándola. Se quedó tendida en la cama, semidesnuda y mirándome con unos ojos desorbitadamente abiertos. Con delicadeza los cerré, le puse una almohada bajo la cabeza y la cubrí con la sábana, estaba tan preciosa como siempre. La sensación que tuve fue la de una tremenda paz interior, ahora podía estar tranquilo de que ningún desgraciado tocaría su suave y delicada piel nunca más.
A esta tranquilidad que duró poco la siguió un tremendo dolor, el dolor de comprender que tampoco podría volver a tenerla yo. Y en ese momento se despertó mi hijo Noel.

─ Hola Papá ─ me dijo con su vocecita ─ ¿Qué pasa? ─
─ No pasa nada hijo mío. Mamá está muy cansada y papá está acostándola para que descanse.
─ Vale ─
─ Vete a dormir tesoro que ahora irá papá para arroparte a ti también ─ le dije conociendo el terrible significado que albergaban estas palabras.

Me quedé un momento mirando a Elena, ella no querría que dejara sólo a Noel, ella nos había abandonado y a mi vendrían para llevarme a prisión. Nuestro hijo se quedaría sólo e indefenso en este mundo cruel. Me levanté y con sigilo me encaminé a la habitación de Noel, estaba profundamente dormido, abrazadito a su osito de peluche preferido. Fue más sencillo de lo que pensaba, durante unos instantes apreté la almohada contra su carita, no opuso demasiada resistencia y tan sólo dio algunas pataditas pero enseguida se quedó dormido para siempre, mi dulce Noel. Lo cogí en brazos y lo acosté al lado de su madre, desde luego al verlos allí durmiendo juntos me consideré un hombre afortunado por tener una familia tan hermosa. El próximo paso era reunirme con ellos para siempre.

Y aquí estoy sentado en la terraza de mi edificio con las piernas colgando y abrazado al osito de peluche de mi hijo. Aquí arriba hace frío y la calle está totalmente desierta. Ha llegado el momento de reunirme con ellos, me incorporo, cierro los ojos y hago acopio de todo el valor necesario para saltar, pero ni con eso es suficiente para decidirme. Definitivamente comprendo que no voy a hacerlo, no ha llegado mi momento aún, me doy la vuelta y me dispongo a marcharme cuando la visión que se aparece ante mi me paraliza y me horroriza a la vez.
De pie ante mi están Elena y Noel, tal cual me los había dejado en la cama, ella con su camisón roto y él con su pijama de ranitas azules. No me dicen nada, simplemente me miran y avanzan hacia mi lentamente. Instintivamente retrocedo, hay algo en sus rostros que es diferente, aterrador e inquietante, desprenden un odio terrible que empieza a asustarme de verdad. En un movimiento macabro extienden sus brazos y abren desmesuradamente sus bocas emitiendo un grito que me alcanza cómo la onda expansiva de una explosión. Esta energía invisible me impulsa hacia atrás obligándome a retroceder hasta el límite de la terraza, estoy atrapado entre ellos y el vacío que se abre a mis espaldas. Una tétrica sonrisa cruza sus rostros, me tienen dónde querían y no van a desaprovechar la oportunidad, con otro grito que a su vez genera otra ola de energía provocan que me precipite al abismo. Mientras voy cayendo rápidamente hacia el asfalto me estremece la visión de sus dos fantasmagóricas caras asomadas a la terraza observando con absoluta calma cómo me estrello contra el suelo.











6 comentarios:

  1. Maldito cabrón, se merecía aún peor muerte de la que tuvo, demasiado dulce fue para tan maldito criminal. Ojala y todos los que son como él tuvieran una muerte mucho más horrible.
    Un historia muy dura pero que a la vez es tan real que me ha estremecido. Felicidades, Sirkka!!

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  2. Bua!
    qué fuerte... muy bueno!
    me ha gustado mucho.
    desgraciadamente había leído el comentario de Frank antes y me olía algo, pero no ha cambiado mucho, ya que pronto te das cuenta de que le van a juzgar.
    Muy buen relato desde la mente del maltratador.
    ¿Será que ellos lo ven así? Increíble...
    A ver si todos los jueces leen esto para que dicten menos libertad condicional y órdenes alejamiento.
    ¡¡A un pozo con ellos!!!

    1abrazote!!
    Chris.

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  3. Muchas gracias a los dos. Por desgracia he visto demasiadas veces lo fácil que lo tienen los maltratadores para acabar con ellas. Al final las órdenes de alejamiento son simplemente papel. Precisamente lo de las llaves me ocurrió a mi con un cliente mío, gracias a Dios que no era tan malo cómo mi protagonista...
    Me alegro de que os haya gustado, otro abrazo para vosotros!

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  4. Impresionante. He tenido el estómago hecho un nudo muestras lo leía. La impotencia de ver la escena y no poder hacer nada. Y me ha hecho plantearme, una vez más, la gran duda. Son realmente enfermos? El protagonista no parece darse cuenta de la realidad. Del daño que ocasiona, de que la realidad que él ve no es la real. En definitiva, tu relato me ha conmovido, me ha hecho sentir, me ha hecho sufrir, me ha hecho pensar. Enhorabuena.

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  5. Mil gracias por comentar Antonia. La mente humana es compleja y definitivamente a todos los demás nos resulta más digerible pensar que están enfermos. Aunque me temo que por desgracia debe haber de todo; enfermos y malvados, lo triste es que el daño que provocan es irreparable.

    Un saludo y gracias por invertir un ratito de tu tiempo leyéndome y comentando.

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  6. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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