jueves, 21 de noviembre de 2013

LA DETENCIÓN

         Hola a todos, voy a presentaros un relato que escribí hace tiempo. Hace años que soy una fan empedernida de la artista valenciana Victoria Francés, para aquellos que no la conozcais sólo deciros que es una ilustradora brillante. Muchos de sus dibujos me han inspirado para escribir y uno en concreto, me ayudó a crear un personaje que sigue en evolución...Teresa. Cuando la creé, supe que iba a ser uno de mis personajes favoritos.
           Este dibujo de Victoria Francés es el culpable de que en mi imaginación naciera Teresa y todo su mundo. Os pongo una imagen para que podais verla.

      Una bruja tan hermosa no podía pasarme desapercibida, y de llamarla Teresa pasé a llamarla Alba y a convertirla en la protagonista de mi novela "La sangre de las Brujas".
Espero que disfruteis de este relato que lleva tiempo guardado en la memoria de mi ordenador...creo que es momento de sacarlo a la luz.


                                                               

                                                                 LA DETENCIÓN.
   

            Ciudad de Toledo. Año 1495.
            Es martes por la mañana, pero pese al intenso frío el mercado está repleto de gente regateando el precio de los productos o animales que se exponen hoy a la venta. La plaza de Zocodover, dónde cada semana se ubica el mercado, es la plaza principal de la ciudad y su centro neurálgico. Aquí se congregan cada martes musulmanes, judíos y cristianos, Los Reyes Católicos, después de haber conseguido conquistar finalmente Granada hace tres años, pretenden que todos los musulmanes o judíos que vivan en territorio español se conviertan a la fe cristiana bajo pena de expulsión del territorio español, perdiendo todos sus bienes y posesiones que pasan automáticamente a manos de la Corona.
La avalancha de conversos y la sospecha de sus verdaderas motivaciones provoca que se instaure en España el Santo Oficio. La Santa Inquisición, es la encargada de investigar aquellos casos de falsos conversos o herejes, ha establecido uno de sus Tribunales más eficientes en la ciudad de Toledo. Las detenciones y persecuciones se suceden cada vez con mayor asiduidad, el miedo va calando en los "nuevos cristianos" al descubrir la descarada arbitrariedad de los arrestos. El mercado, a estas horas de la mañana, está en pleno apogeo y Teresa avanza con dificultad entre el gentío, va sorteando hábilmente los obstáculos que la separan de su destino. Está intentando llegar a la parada del mercado en la que se venden las hierbas para infusión más frescas y efectivas. Necesita comprar un surtido variado, aunque sabe, que con las pocas monedas que lleva lo va a tener difícil. Teresa es una mujer joven, de estatura media, con un cuerpo bonito y un rostro muy bello, su piel es morena, pero la característica que más destaca en ella es su larga y lisa cabellera morena, su melena termina en su cadera. Lleva unas trenzas que le recogen el pelo por las sienes, evitando que le moleste en la cara, pero este semi-recogido no impide que le caiga libremente el resto del cabello por la espalda. Se advierte que sus ojos son especiales, del mismo color que la miel y con unos tintes color ámbar que atrapan al que se atreve a mirarlos demasiado tiempo. 
     Los gritos de los vendedores para captar la atención de potenciales compradores obligan a que el tono de las conversaciones que allí acontecen sea más alto de lo normal, y gracias a ello, Teresa no puede evitar escuchar la animada charla de dos mujeres de mediana edad. Están hablando de la detención que ayer en plena noche efectuó el Santo Oficio.
─¿Conocías a la familia Ábsalon, a los que detuvieron anoche en la judería? ─pregunta la más corpulenta de las dos.
─Sí, son "nuevos cristianos", abrazaron la fe verdadera hace apenas cinco meses, pero por lo visto, no lo hicieron con verdadera convicción cristiana, sino para evitar ser expulsados y despojados de todos sus bienes… que no eran pocos ─responde la otra.
─Según he oído, sólo ha conseguido escapar la hija mayor, pero la están buscando. Los han detenido porque la familia continuaba con sus prácticas judías en secreto ─sigue diciendo la más corpulenta.
─¡ Herejes! Arderán en el fuego eterno. Podemos dar gracias al cielo de que su vecina los descubriera y diera buena cuenta de ello a los comisarios de la Santa Inquisición.─contesta complacida la otra.
     Aunque Teresa está colocada estratégicamente de espaldas a la mujer más corpulenta, no puede evitar que las mujeres se fijen el la incómoda proximidad que las une y opten por callar de inmediato, recelosas de su presencia. Intentando disimular, se hacen muecas y gestos entre ellas señalando a Teresa, que a estas alturas, ya se ha dado cuenta de que ha sido descubierta en su indiscreción. Cómo sabe que las dos mujeres ya no van a continuar con la conversación que le interesa, Teresa con una agilidad sorprendente, se escabulle entre la multitud. Camina con la cabeza gacha y a buen ritmo, se da algún que otro golpe sin importancia en los hombros al chocar contra la gente que se apiña frente las paradas. Su respiración se ha acelerado y cuando consigue salir de la plaza le falta el aliento. 
     Una vez libre de la aglomeración repara en que no ha comprado las hierbas que necesitaba, pero después de lo que acaba de escuchar, ese es su menor problema. Teresa sabe perfectamente quién es la familia detenida por el Santo Oficio, aunque concretamente a quién conoce es a la muchacha que por lo visto ha conseguido escapar, a la hija mayor de los Ábsolon llamada Ruth. 
     El camino desde la plaza hasta su casa es largo, por ello, emprende lo más rápidamente posible la marcha sin detenerse. Durante el trayecto, Teresa empieza a pensar en los posibles puntos de conexión que puedan relacionarla con Ruth, sabe que si acaban apresándola y es lo más probable, la interrogarán sobre su familia, amigos y conocidos. Además, precisamente ahora, el estado anímico de Ruth es vulnerable, si ejercen sobre ella un poco de presión contará más de lo necesario, y eso, a Teresa no la beneficia en absoluto. Llegar a esta conclusión le provoca una angustia terrible, siente una opresión en el pecho que la asfixia, no pensaba que volvería a encontrarse en la misma situación tan pronto. Hace tan sólo seis meses que había venido a vivir con Esteban a Toledo, dejaron su pueblo natal en Segovia escapando de milagro de la inminente detención del Santo Oficio. Pensaron que si cambiaban de ciudad y empezaban de cero, siendo más discretos, jugando con la ventaja que da el anonimato en una gran ciudad como Toledo, conseguirían esta vez burlar a la implacable Inquisición. Pero de repente se han visto de nuevo en peligro,  si no actúan rápidamente puede que esta vez no tengan tanta suerte. 
             Ya falta poco para llegar a su casa, de hecho al término de la estrecha callejuela por la que transita se divisa la vivienda. Es una casa pequeña, humilde, y se la ha arrendado por un precio muy asequible el ahora preso Isaac Ábsalon, el padre de Ruth. Ese fue el motivo por el que conoció Teresa a la joven Ruth. Cuando Teresa y Esteban llegaron a Toledo no conocían a nadie, pero en Riaza su pueblo natal en Segovia, les habían hablado de la acaudalada familia de judíos Ábsalon y de los alquileres tan baratos que proporcionaban a los forasteros. No resultó difícil encontrarles, vivían en el arrabal judío de Toledo, en la llamada judería y al llegar allí, simplemente con pronunciar el apellido Ábsalon, les indicaron dónde tenían que dirigirse. Al mes de instalarse Teresa y Esteban en la vivienda, fue Esteban quien se enteró de que la familia Ábsolon al completo se había convertido a la fe cristiana. Realmente no tenían muchas otras opciones, si no lo hacían serían expulsados y perderían todas sus posesiones y todo su dinero, simplemente fueron pragmáticos. 
     Teresa por fin ha llegado, está cansada y nerviosa, el desasosiego que la invade no la deja tranquilizarse, su infalible intuición la está avisando del peligro que corren si se quedan en Toledo.
─¿Esteban estas en casa? ─pregunta mirando a derecha e izquierda. ─Esteban responde de inmediato, debemos recoger nuestras cosas y marchar de aquí sin demora!─exclama esta vez enfadada por la falta de respuesta.
             Se apodera de un saco raído que le sirvió para trasladar sus enseres cuando vinieron a vivir aquí y empieza a llenarlo sin prestar demasiada atención a Esteban que acaba de entrar. Ha salido de la única habitación de la casa, el dormitorio, y cuando Teresa se da la vuelta y lo mira un escalofrío le recorre la espalda.
─¿Esteban que pasa? ─pregunta mientras le zarandea suavemente.
-─Teresa tenemos un problema en la habitación...─dice señalando el dormitorio ─En la habitación está...
─¿Quién está? ─ pregunta con una mezcla de miedo y enfado mientras entra en la habitación.
             Cuando cruza el umbral de la puerta palidece al instante, allí sentada en la cama está Ruth, precisamente la persona a la que menos ganas tenía de encontrarse, la joven a la que andaba buscando la Santa Inquisición por cada rincón de Toledo. Ruth esta sentada y su postura es extraña, indica que no se encuentra bien y por las muecas en su rostro el dolor que está padeciendo es intenso.
─¿Qué estás haciendo aquí? Ya te dejé bien claro que no quería volver a verte.
─Teresa por favor ayúdame...─su voz sonó como un susurro ─anoche los alguaciles de la Inquisición detuvieron a toda mi familia, a mis padres y a mis dos hermanos pequeños. Yo conseguí escapar cuando tuvieron que centrarse en mi padre que opuso resistencia, pero no sabía a dónde ir y además... ─no puede contener el llanto.
─Me acabo de enterar de lo de tu familia, os consideran unos herejes por no abrazar la fe cristiana de corazón ─dice con evidente sarcasmo Teresa.
─¡Y qué más quieren! Hemos renunciado a nuestra religión, ¿no les parece suficiente? El verdadero problema es que somos una familia de judeoconversos demasiado ricos. Con esta infame detención, acabaremos muertos y nuestro dinero en las arcas de la Iglesia y de la Corona.
─A mi eso no me importa Ruth, ahora por tu culpa nos has puesto en serio peligro a nosotros dos ─dice señalando a Esteban- ¡Vete de mi casa inmediatamente!─le grita Teresa con tanta fuerza que Ruth da un respingo.
─No puedo....no puedo...mírame...
            Ruth se levanta a duras penas y Teresa ve una enorme mancha de sangre que cubre la cama. Es una mancha de considerables dimensiones, la sangre es oscura, casi negra.
─¿Tomaste anoche el brebaje que te preparé? ─pregunta Teresa intentando calmarse.
─Si, lo tomé justo antes de que nos sorprendieran con el arresto. Ahora me duele Teresa, me duele mucho. Ayudame por favor, ¿Que puedo hacer? ─pregunta mientras se retuerce por los dolores en su abdomen.
─Estás sufriendo un aborto. Durante al menos veinticuatro o cuarenta y ocho horas sentirás contracciones muy dolorosas en el bajo vientre, no puedo hacer nada.
            Ruth empieza a llorar, Teresa está maldiciendo la hora en la que se cruzó esta niña en su camino. 
Ruth tiene tan sólo quince años y a esta edad, los enamoramientos son profundos. Un joven hidalgo de noble cuna se fijó en ella, no le costó demasiado convencerla del amor que le consumía las entrañas, del vacío que sentía cuando no la tenía cerca y de sus honorables intenciones. La engañó vilmente para que le entregara su virtud, y después de unos meses la abandonó a su suerte, ni siquiera sabe que la había dejado preñada. Todo esto acontecía cuando se instalaron Teresa y Esteban en una de las casas de arriendo de su padre, lo que propició que en una de las visitas de Ruth para cobrar el alquiler Teresa descubriera sin demasiado esfuerzo su gran secreto.
─Estás embarazada ─le dijo Teresa.
─No.
─¿Lo saben tus padres? ¿Quieres tenerlo? ─preguntó Teresa sin obtener respuesta ─si no quieres tenerlo yo puedo ayudarte, a cambio de una rebaja en el alquiler de la casa, ¿que te parece?
─¿Cómo lo harías? ─preguntó Ruth ciertamente aliviada.
─Tú sólo deberás tomarte un brebaje de hierbas que te prepararé, es amargo pero efectivo, asegúrate de que coincida con tus periodos menstruales y podrás fingir que tienes una regla más dolorosa y abundante.
─De acuerdo. Tú dame sólo la mitad de vuestro alquiler, yo me encargaré de que mi padre no se dé cuenta. Además, siempre me envía a mi para que cobre a nuestros inquilinos, no se enterará. Gracias Teresa.
─De nada hermosa, éste no es mundo para traer a ningún hijo  ─contestó amargamente Teresa.

     Teresa deja de recordar y se centra en el presente, sabe que el tiempo juega en su contra, deben marcharse cuánto antes de la ciudad. Esteban ha empezado a recoger algo de comida y bebida para el camino. Teresa sigue en la habitación intentando encontrar  la solución para sacar a esa niña de su casa. 
─Ruth tenemos que marcharnos, tú vendrás con nosotros. Levántate y que Esteban te sirva un vaso de aguardiente, al menos te calmará el dolor un momento.
─¿Puedo ir con vosotros?¿Me ayudareis? ─pregunta en tono esperanzado Ruth.
─Sí, no debemos demorarnos. Cualquier vecino puede haberte visto entrar y dar parte al Santo Oficio de tu paradero. 
            Con estas palabras Teresa consigue su objetivo, que Ruth se mueva de la cama y confíe en sus planes de fuga compartida. Sin embargo, el plan real es otro muy diferente. El estado físico de Ruth les retrasaría en la huida y si los encontraran junto a ella estarían perdidos de igual manera. La llevarán consigo un tramo lo suficientemente largo para que se relaje en su compañía y cuando salgan de la ciudad, la despistarán con cualquier excusa abandonándola a su suerte. Hay veces en la vida que se deben tomar decisiones basadas en la propia supervivencia y esta situación es una de ellas. 
     Esteban, recogiendo sin descanso, ha conseguido recopilar todo aquello más necesario, es unos diez años mayor que Teresa. No es tan agraciado como ella, su nariz es aguileña, pero por todos sus demás rasgos en conjunto podría decirse que es un hombre apuesto, con un espeso cabello moreno, alto y corpulento. Sus ojos no son demasiado grandes pero su intenso color negro les dota de una intensidad fuera de lo común. Esto provoca que mucha gente prefiera cambiar de acera si se cruza con él. Su carácter reservado tampoco ayuda demasiado, solamente se muestra tal y cómo es con Teresa. 
─¿Ya lo tenemos todo, has metido en las bolsas algo de ropa? ─pregunta Teresa inquieta.
─Si, me estoy acostumbrando a estas fugas repentinas - responde Esteban algo enfadado, cuando quieras podemos irnos ya. Yo preferiría no demorar demasiado nuestra salida ─dice mientras se queda mirando fijamente a Ruth.
─Vámonos entonces, estamos en grave peligro ─contesta Teresa dirigiéndose a la puerta.
     Cuando se disponía a abrir la puerta unos terribles golpes al otro lado de la misma la sobresaltan, por inercia da unos pasos atrás que la llevan a chocar contra Esteban que estaba situado detrás de ella. Se da la vuelta y sus ojos color ámbar se cruzan con el negro de los de Esteban, sus miradas reflejan el intenso terror que en ese preciso momento están sintiendo. Por su parte, Ruth se queda pálida e inmóvil, ante la posibilidad de que los alguaciles del Santo Oficio se encuentren al otro lado de la puerta. Teresa con su dedo índice sobre los labios les indica a Ruth y Esteban que guarden absoluto silencio, si se escucha algún movimiento dentro de la casa y los visitantes son funcionarios de la Inquisición no dudarán en entrar por la fuerza al menor indicio. Están atrapados. Teresa  mediante gestos les indica que permanezcan totalmente quietos y ella empieza a moverse con gran agilidad y destreza por la estancia, es tan silenciosa que casi parece flotar sobre el suelo, ya que no se escuchan sus pisadas. De una de las bolsas preparadas para el viaje, extrae un pequeño saco de terciopelo rojo, lo abre con cuidado y libera un precioso medallón que se cuelga al cuello. El colgante es una tira trenzada de cuero marrón y el medallón parece hecho de cobre rojizo. Es de forma circular, su borde no es liso sino ondulado, el motivo de las ondulaciones es la serpiente que rodea el medallón, en la parte superior de éste parece que la propia serpiente se come su cola. Esta serpiente enmarca una estrella de cinco puntas que a su vez guarda en su centro una pequeña cruz, la única peculiaridad de la cruz es que en el extremo inferior la línea continúa hacia abajo y dibuja una hoz. En el centro de la hoz un pequeño orbe brilla enrojecido. Posteriormente, se dirige a otra bolsita marrón y coge un puñado de polvos que sugieren por su textura y fuerte olor que han sido previamente machacados. Cuando ha terminado se sitúa en primera línea ante la puerta de entrada y grita:
─¿Quién anda ahí?
─Algualciles de la Santa Inquisición señora, abra la puerta por favor, nos han informado de que una fugitiva se esconde en su domicilio ─el tono empleado por el funcionario es calmado.
─Un momento, estaba dormida y me han despertado ─miente Teresa.
─Lo sentimos, sólo será un momento.
            Los tres se miran nerviosos, saben que va a ser muy difícil librarse de ser apresados. Teresa no puede evitar que su mirada llena de rabia se dirija a Ruth, cuando sus ojos se encuentran, Ruth se revuelve y no puede ahogar un grito de dolor. Están absolutamente perdidos, al oír el inoportuno grito, los alguaciles están empujando la puerta con tanta fuerza que no tardarán ni cinco minutos en conseguir entrar. Los golpes que propinan a la puerta de madera son tremendos y está empezando a resquebrajarse, varias astillas saltan a cada impacto y Teresa se coloca delante de Ruth y Esteban con el puño derecho cerrado y en alto sosteniendo la mezcla polvorienta y con la otra mano apretándose el peculiar colgante. Sucede lo inevitable y la puerta cede a las embestidas, se abre violentamente. Son tres los alguaciles que los miran desde el otro lado del umbral, y en ese instante inicial de incertidumbre Teresa abre la mano y sopla con precisión, esparciendo el polvo en la cara de los tres funcionarios, mientras con su mano izquierda aprieta fuertemente el colgante que ha empezado a brillar con una enorme intensidad. No puede apreciarse la fuerza del resplandor porque permanece oculto dentro de su mano, pero aún así, de entre sus dedos se escapa una intensa luz roja. Teresa suelta finalmente el medallón y la brillante luz roja los envuelve a todos al fin, entonces dirige sus manos abiertas hacia los alguaciles mientras susurra y recita una misma frase para sus adentros: Malleficum est, demonicum sum, malleficum est, demonicum sum.. Mientras lanza su hechizo sus ojos se han convertido en dos auténticas bolas de fuego, han perdido cualquier expresión humana y ahora son de un amarillo encendido e intenso. Los tres hombres que no esperaban el ataque se echan las manos a la cara mientras se retuercen y encorvan sufriendo unas horribles convulsiones. 
─¡Démonos prisa! grita Teresa dirigiéndose a Ruth y a Esteban ─el efecto del hechizo solamente durará unos minutos, no tenía suficiente cantidad de polvos para conseguir un efecto más duradero que nos proporcionara cierta notable ventaja.
            Ruth se ha quedado inmóvil y en su rostro se dibuja una mueca de terror, no puede dejar de mirar a los alguaciles y no puede creerse lo que sus ojos ven. Es horrible, sus rostros han desaparecido para dejar paso a una masa deforme de carne. No tienen ojos, ni nariz, ni boca...es una imagen terrorífica ver esos cuerpos tambaleándose y tocándose frenéticamente con los dedos aquellas partes de la cara que ahora han desaparecido. Ruth conocía de las extrañas facultades de Teresa en cuanto a la elaboración de ciertos brebajes medicinales, pero no podía sospechar que era una auténtica bruja, una con tanto poder. Un escalofrío le trepa por la espina dorsal, se ha metido en la boca del lobo. 
─¿Vas a venir o te vas a quedar ahí parada? ─le pregunta Esteban mientras se aleja  rápidamente con Teresa.
            Pero Ruth no puede moverse, se ha quedado tan asustada por lo que acaba de ver, que se deja caer al suelo sobre sus rodillas y se acurruca llorando. Los tres hombres siguen perdidos, sumidos en su oscuridad y silencio forzados. Pero si las palabras de Teresa son ciertas, no tardarán en recobrar sus rostros. Entonces, lógicamente furiosos, si la arrestan solamente a ella la acusarán también de ser una bruja, lo que provocará que cualquier esperanza de salvación para su familia desaparecerá. No tiene más remedio que huir con ellos. 
            Cuando Ruth levanta la vista para buscarles y escapar juntos, descubre que simplemente han desaparecido. Se queda allí sentada en el suelo, observando aterrada cómo las masas deformes de carne se revuelven sobre sí mismas devolviendo lentamente el rostro humano a sus propietarios. Su suerte está echada. 


Un saludo y hasta mi próxima entrada.
Besos.
Sirkka.




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