lunes, 11 de noviembre de 2013

PRÓLOGO DE "LA SANGRE DE LAS BRUJAS"

Hola a todos, he tenido algo abandonado el blog...bueno para ser sincera MUY abandonado. He pensado que sería buena idea colgar el prólogo que tengo preparado para la "Sangre de las Brujas" y así me podeís decir que os parece. Me gusta ponerme el termómetro de vez en cuando.

Como sabeis, tengo este proyecto aparcado y así va a continuar por un tiempo. ¿El motivo? Muy sencillo, tengo entre manos algunas ideas que me están literalmente taladrando la cabeza y necesito escribirlas. Una es mi "Octavo Sacerdote" que está a punto de caramelo y os va a encantar. Y la otra una nueva historia que me tiene absorvida...sólo os adelanto que la protagonista se llamará Valeria y estoy segura que esta va a ser mi novela...la mejor de todas, sin desmerecer a las otras claro está. Pero, no sé... tengo una sensación especial con esta, un pálpito, digamos que es una intuición brujil jeje.

Bueno no me enrollo más y os dejo con este prólogo tan intenso...disfruté mucho cuando lo pude recrear en Toledo...igual me estiro y os pongo la foto del intrumento original. Disfrutad de la lectura.




PRÓLOGO: LA  CONFESIÓN
                                              

─ ¡Vuestra merced os imploro clemencia! ─ exclama entre terribles gritos y sollozos la joven.
            Su cuerpo totalmente desnudo intenta en vano acomodarse sobre un asiento especial. La silla en cuestión ha sido construida enteramente de hierro y está recubierta de unos puntiagudos pinchos del mismo material. El respaldo, el asiento y los reposabrazos son los que condensan una mayor presencia de púas. La joven demostrando cierta inteligencia ha decidido repartir su peso entre sus dos nalgas, evitando de este modo que los aguijones de acero se le claven más profundamente. En ambos reposabrazos una correa de cuero marrón mantiene inmovilizados sus delgados brazos y de la misma forma tiene amarrados ambos tobillos. Su rostro apenas es visible, permanece oculto tras la fina cortina que forma su melena castaña, no debe tener más de quince años. Su piel es blanca y suave, demasiado delicada para soportar el tormento que le están infligiendo desde hace algunas horas.
            Sus incesantes ruegos no reciben respuesta alguna, ninguno de los tres hombres que la observan tiene intención de apiadarse de ella. Ante ella el verdugo con la cara tapada espera instrucciones. Por lo visto la sesión del interrogatorio no ha terminado, de hecho estas sesiones no suelen terminar hasta que el acusado confiesa voluntariamente su delito. 

            ─ ¿Ha tomado usted nota de la última frase? ─ pregunta el Inquisidor al notario del secreto.
            ─ Sí Señoría lo he hecho.─ contesta el notario mientras revisa sus últimas anotaciones.
            ─ Excelente. Y bien, ¿por dónde íbamos? ─ pregunta mientras vuelve su mirada y su atención a la joven.

            El notario rápidamente relee sus últimas anotaciones, encuentra la última pregunta formulada por Don Iñigo Márquez de Tordesilla, actual Inquisidor del Tribunal del Toledo, a la joven hereje que no para de llorar y de removerse en su confortable silla.

            ─ Su Señoría la última pregunta ha sido en referencia a las prácticas y ritos judíos que supuestamente sigue celebrando su familia en secreto ─ responde el notario señalando a la muchacha.

            Por lo visto hace tan sólo cinco meses toda la familia de la joven decidió abandonar el judaísmo para renacer mediante el sacramento del Bautismo en la auténtica fe cristiana. La familia de la muchacha es una de las más acaudaladas de la ciudad debido a un próspero negocio de antigüedades, miembros de la nobleza decoran sus palacios con piezas adquiridas en él. Sin embargo tras la denuncia de una vecina acusándoles de herejes, todo ha pasado a manos del Santo Oficio para que sea repartido entre la Santa Inquisición y la Corona, siempre que resulten culpables de los cargos que se les imputan. De los cinco miembros que componen la familia, la joven es la última que resta para confesar voluntariamente su delito. Esto provoca un especial interés en el Inquisidor que continúa impasible su sesión de interrogatorio, firme en su propósito de no fracasar.

            ─ Muchacha, de nada te servirán tus ruegos y súplicas cuando estamos tratando de descubrir pecados tan importantes como el tuyo. La herejía es el mal supremo que amenaza a nuestra querida Iglesia, el veneno que se esparce imparable por nuestras calles. ─ le dice en tono severo mientras con una mano levanta la barbilla de la joven y con la otra le aparta el pelo de la cara.
            ─ Vuestra merced tiene que creerme. Mi familia y yo hemos abrazado la nueva fe de corazón. Nuestras conciencias están limpias al igual que nuestros corazones. ─ le contesta intentando aparcar por un momento el intenso dolor que la penetra desde sus muslos.

            Esta respuesta no es la que Don Iñigo quería escuchar, se aparta con cuidado y con una seña indica al verdugo que es su momento para ganarse los reales de su sueldo. El verdugo se acerca a la joven y le propina un duro golpe en el antebrazo derecho, el brutal impacto provoca que los aguijones de acero se claven sin piedad en la carne de la muchacha. Instantáneamente un grito desgarrado de dolor invade la estancia, del aullido inicial poco a poco van quedando tan sólo gemidos intermitentes que varían en tono e intensidad pero que no cesan. Algunos de los pinchos más largos le han atravesado por completo el brazo y sobresalen por arriba, la sangre gotea densa por el reposabrazos hasta formar un charco en el suelo. El rostro de la joven está totalmente descompuesto, las lágrimas brotan de sus ojos con fuerza y la desesperanza se ha instalado en su joven corazón.

            ─ Volvamos a empezar muchacha. Confiésate hereje y reza a Dios por el perdón de tus pecados. Tu padres y hermanos ya lo han hecho, han reconocido todos que la acusación de herejía era cierta.
            ─ ¡Eso no es cierto! ─ grita la joven desesperada.
            ─ ¿Acaso dudas de mi palabra? Esta es la mayor prueba de tu condición de hereje.
            ─ No me malinterprete vuestra merced, perdóneme. No somos herejes, no somos herejes, no somos herejes…

            La joven repite en susurros estas últimas palabras sin parar, intentando que los tres hombres presentes crean en ellas para poder acabar con esta tortura. Pero cómo era de esperar no surten efecto alguno y Don Iñigo Márquez de Tordesilla le hace otra seña al verdugo. Durante el transcurso de la escena el notario apenas ha levantado la cabeza de su escritorio, se afana en transcribir al detalle cada palabra, cada grito, cada pregunta, cada gemido, cada respuesta y así sucesivamente.
            El verdugo, en respuesta a la última seña recibida, coloca una antorcha encendida debajo de la silla de la muchacha. El hierro es un excelente conductor del calor y en pocos minutos la temperatura del asiento ha subido considerablemente. La joven, aterrada, comienza a sentir cómo el calor se intensifica bajo sus nalgas, intenta removerse para evitar quemarse pero esto provoca que los aguijones se le claven en las posaderas y los muslos. Comienza a suceder lo inevitable y la delicada piel de la joven se pega a la plancha de hierro, un inconfundible olor a carne quemada impregna la cámara. Los gritos son ensordecedores, impropios de un ser humano, parece que quien aúlla de dolor es un animal. Entonces, en ese preciso momento es cuando se produce la ansiada confesión.
            


Venga vaaa la foto!

 



           



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